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Los niños de la Guerra Civil, víctimas del nuevo horror

La generación que más ha sufrido en la historia reciente de España se enfrenta al coronavirus sin el respaldo del Estado que levantaron

Soy nieta de la Guerra Civil. De mi abuela Mari, que siendo niña comió de sobras y se vistió con sábanas porque no había otra cosa, mientras rezaba por su padre. Ahora Mari tiene 86 años, es viuda, sufre artrosis y vive sola, confinada y sin videollamadas. Aun así tiene que dar las gracias cada día porque todavía no le ha pillado “el bicho”, dice, igual que las daba cuando su padre volvía de las zanjas.

La generación que nos lo dio todo

“Esto tiene que estallar por algún lado, como entonces”, murmuraba mi abuela hace pocos meses cuando veíamos las noticias. Lo que no esperaba era que el mundo estallara con una pandemia y que su generación fuera de nuevo la principal víctima del horror. Hablo de la misma generación que logró a base de esfuerzo y lágrimas todos los derechos de los que disfrutamos. Que triplicó sus turnos de trabajo para que sus hijos fueran a la universidad. Que se deslomó para construir una vida mejor para nosotros a la sombra de una dictadura de 40 años. ¿Cómo estamos tratando a nuestros abuelos en esta crisis?

Falta de camas, atención y horror en las residencias

La mejor situación en la pueden estar es, como mi abuela, permaneciendo encerrados sin abrazar a sus nietos. Muchas personas que consiguieron el derecho a la salud pública están desperdigadas por los pasillos de los hospitales, con escasez de atención y medios. Otras están graves en sus casas, pero no pueden ser ingresadas por falta de camas.  A otras las han atado a la cama en esas residencias, que han confinado a los contagiados en una misma habitación, como si se tratara de la cámara de gas de un campo de concentración. Por no hablar de aquellos abuelos que han tenido que convivir con cadáveres.

Ni si quiera su muerte es digna. Ellos que conocieron de primera mano las fosas comunes, mueren en soledad, sin velatorio, apiñados después sus cuerpos en una pista de hielo, incinerados en muchos casos a cientos de kilómetros de sus familias o repartidos en ataúdes que no se pueden abrir. ¿Merecen esto nuestros mayores?

Hora de exigir dignidad

Esta situación es extraordinaria y difícil de gestionar. Eso lo sabemos todos y cada día la sociedad lo demuestra en los balcones a las 8 de la tarde. Pero quizás sea la hora de añadir al aplauso un minuto de silencio por nuestros mayores y exigir un trato digno para las principales víctimas de esta guerra. Sin darnos cuenta, nos vamos acostumbrando a las cifras y olvidamos que detrás de cada número hay una persona que sea muy probablemente de la generación que más ha sufrido en la historia reciente de nuestro país.

Antes de que esta crisis termine y mi abuela de las gracias definitivas por seguir aquí, todos deberíamos demostrar a nuestros abuelos que rectificamos a tiempo. Que finalmente les protegimos como ellos nos protegieron. Que el Estado que levantaron no les dio la espalda.

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